Sint Maarten, parte holandesa

Publicado en Agosto 9, 2010

Es la “entrada inevitable” a la isla y ofrece todo tipo de playas. En marzo, además, los yates colman la bahía de Philipsburg en ocasión de la prestigiosa Regata Heineken.

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Recientemente, les contábamos en MV Experiencias sobre Saint Martin, una isla caribeña sobre la que holandeses y franceses han dejado su huella. Esta vez, la intención es aproximarnos un poco más a la parte holandesa, es decir, a “Sint Maarten”.
La capital es Philipsburg y es la puerta de entrada inevitable. Tanto el puerto como el Aeropuerto Internacional Princesa Juliana están ubicados en el lado neerlandés.

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Philipsburg no tiene más de dos mil habitantes permanentes pero exhibe un ritmo frenético. Viajeros de todas partes del mundo llegan en ocasión de distintos eventos. Entre los deportivos, vale la pena mencionar a la Regata Heineken, que se realiza durante el mes de marzo y cuya última edición (la 30º) colmó de yates la Great Bay.

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Más allá de estos eventos extraordinarios, las playas no pierden su encanto durante ninguna estación. En la zona holandesa, merecen nombrarse Cupecoy Beach (con autorización “oficial” para hace nudismo), Guana Bay (ideal para surfistas), la tranquila Dawn Beach y Mullet Bay Beach, de entorno más selvático y con proximidad a la única cancha de golf de 18 hoyos que hay en la isla.
Sin lugar a dudas, los dos lados de Saint Martin/ Sint Maarten se complementan a la perfección.

Texto: Andrés Bacigalupo
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Saint Martin, parte francesa

Publicado en Julio 21, 2010

Es una de las islas más diminutas del Caribe. Pero eso no impide que año a año crezca la cantidad de viajeros que recalan en ella. Playas nudistas y pueblos pintorescos hacen la diferencia.

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Lo primero que podría suponerse -antes de llegar- es que una isla tan pequeña (96 kilómetros cuadrados, la mitad de la Ciudad de Buenos Aires) se recorre rápido y se abandona pronto. Como paso casi obligado de todo cuanto crucero navega por el Caribe, Saint Martin tiene a menudo esta suerte.
La parte francesa (oficialmente Saint Martin) ocupa algo más de 50 km2 y está al norte. La parte holandesa (oficialmente Sint Maarten) se encuentra al sur. Entre ambas, nada de fronteras ni pasaportes. La circulación es libre y los viajeros comprueban los contrastes con sus propios ojos.

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Del “lado” francés

La capital del Saint Martin francés se llama Marigot y es un magnífico pueblo asomado a una bahía calma de aguas azuladas. Eso sí, a pesar de que no viven más de seis mil personas, sorprende la existencia de modernos centros comerciales de varios pisos.
Saliendo de la pequeña capital, las playas se suceden unas a otras. Todas parecen igualmente dibujadas y la única diferencia es la cantidad de visitantes. Los resorts, más o menos escondidos, no pasan desapercibidos: hay algunos que no escatiman en lujo (como el Radisson Blu). La única diferencia con el lado holandés de la isla es que aquí no hay casinos dentro de los hoteles. Ni fuera.

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Esa restricción acaso sea poco importante para la mayoría de los viajeros, que se inclinan por navegar en kayak alquilados o simplemente descansar bajo el sol siempre benigno de estas latitudes.
Los más osados pueden tener en cuenta que Club Orient es la única playa nudista de esta isla.
Ya les contaremos algo más sobre el lado holandés.

Texto: Andrés Bacigalupo
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Descubriendo el color de la Martinica

Publicado en Julio 4, 2010

Inspiró a Paul Gauguin y vio nacer a la emperatriz Josefina. Tiene temperaturas casi ideales durante todo el año. Y regala, en cada vistazo, una auténtica paleta de colores.

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Es la isla más importante del Caribe francoparlante. Y en un mar salpicado de islas diminutas, destaca por su superficie algo mayor (1.100 km2) y por estar habitada por medio millón de personas, la mayoría de ellos de raza negra.
Como dependencia francesa, conserva intactos los lazos con París: aquí también se rigen por el euro y aquí también se habla inequívocamente francés, aunque con la inevitable impronta del creóle isleño (como “fanm” para “femme” o “pitio u ti” para “petit”).

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El legado cultural de esta isla también ha sido generoso con Francia. En efecto, fue esta tierra soleada y maravillosa la que inspiró algunas de las obras más emblemáticas de Paul Gauguin, quién llegó aquí en 1886. El pintor se nutrió de los paisajes y la cultura nativa para trabajar la nostalgia por lo primitivo y apartarse de cierta corriente naturalista.
Conocimientos pictóricos aparte, resulta indudable que Martinica ofrece escenarios naturales exuberantes y atractivos. El clima, además, casi siempre permite disfrutarlos: la temperatura promedio anual está por encima de los 26 grados.

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Qué visitar en Fort-de-France

Aunque caracterizada por una bohemia que a veces la hace parecer caótica, Fort de France, la capital de Martinica, es una ciudad pintoresca y colorida. Edificios gubernamentales y privados se reparten entre sí los distintos tonos de colores pastel en sus fachadas mientras el intenso movimiento de veleros y cruceros agita la vida comercial en el puerto.
Entre los atractivos de Fort de France, que cuenta con algo más de 100 mil personas, se destacan el Museo La Pagerie -casa natal de Josefina, la emperatriz que enamoró a Napoleón- y el dedicado al propio Gauguin.
Y para los que aman el recorrido por mercados al aire libre, es casi obligatorio pasearse por el “marché” de especias de la calle Isambert, dónde los comerciantes locales le ofrecerán desde curry, tomillo y pimienta de Jamaica hasta sabores menos tradicionales como achiote, hierba de limón y el “condimento verde”, propio del Caribe oriental.

Texto: Andrés Bacigalupo
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Vírgenes Británicas, otro paraíso caribeño

Publicado en Junio 2, 2010

Playas enormes pero discretas. Arrecifes de coral, flamencos y leyendas de piratas. En las cuatro islas principales de este archipiélago con pasado colonial hay mucho por descubrir.

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Dicen que Colón recaló en este archipiélago próximo a Puerto Rico (sólo 100 kilómetros de distancia) pero que sus huestes prefirieron ignorarlo. Más tarde, las islas fueron ocupadas por piratas británicos hasta que Londres, formalmente, decidió anexar las nuevas tierras a su corona.
Hoy, las huellas británicas están por todas partes: desde los autos con el volante a la izquierda hasta la arquitectura clásica de madera blanca reluciente. Los pequeños edificios gubernamentales de Road Town, pintoresca capital de apenas 10 mil habitantes, reflejan aquella herencia.
Road Town es también el único centro urbano del archipiélago y el sitio ideal desde donde partir en excursiones hacia los discretos paraísos naturales que guardan las demás islas.

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Isla por isla

Afortunadamente, las bellezas naturales no están del todo escondidas en las Islas Vírgenes Británicas. Sin embargo, ciertos datos pueden ayudar a los viajeros a ahorrar tiempo y garantizarse horas de sol y playa en sitios estupendos.
De las cuarenta islas que conforman el país, sólo once están habitadas. Entre éstas, a su vez, hay cuatro que no pueden dejar de visitarse: Tórtola (dónde se encuentra Road Town), Anegada, Virgen Gorda y Jost Van Dyke.

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Anegada se destaca por poseer uno de los mayores arrecifes de coral de todo el Caribe. Sobre la superficie, su naturaleza también sobresale: las bandadas de flamencos y otras aves coloridas no se ven alteradas por el ritmo pueblerino de sus escasos habitantes; una treintena de pescadores con sus respectivas familias. Se puede viajar en ferry todos los días desde Road Town (y también desde Saint Thomas, en las Islas Vírgenes Estadounidenses).
En Virgen Gorda, más extensa y poblada, los viajeros no sólo pueden hacer largas caminatas en anchas playas de fina arena blanca. La isla posee unos cuantos sitios para redescubrir el pasado de corsarios y colonizadores (las viejas minas de cobre de Cornisa) y resorts de primer nivel ideales para descansar (como el Little Dix Bax o el Bitter End Yacht Club).
Por último, la singularidad de Jost Van Dyke estriba en el encanto de su “Gran Bahía”, alrededor de la cuál se congregan veleros de todos los colores y tamaños. Los fanáticos del buceo también adoran esta isla. Sobre todo por el atractivo que ejercen las leyendas sobre tesoros escondidos y la profundidad de sus cuevas marítimas.

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Todas estas razones a las Islas Vírgenes en un destino fascinante. Los amantes de los cruceros quizá adoren la capital y la isla principal. Y para quienes busquen rincones solitarios y menos contingentes a la vista, allí están las “otras” islas.

Texto: Andrés Bacigalupo
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Curazao: aguas azules y pasado colonial

Publicado en Enero 23, 2010

El sello de la colonización holandesa y un clima agradable durante todo el año hacen de esta isla un destino impostergable. Una alternativa: recorrer las famosas “landhuizen”, antiguas casas de campo.

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               Los amantes del Caribe han encontrado en este blog unas cuántas referencias a aquellos destinos antillanos que, por una razón u otra, se destacan entre la vasta oferta turística de la región. Así, oportunamente comentábamos las virtudes de un estupendo resort en Santa Lucía y otro tanto sobre unas cabañas de lujo en Antigua y Barbuda.
             Hoy, redescubrimos Curazao, una isla sorprendente cuyos encantos apenas comienzan en el color turquesa de sus aguas.
           Ubicada a menos de 50 kilómetros de la costa de Venezuela, Curazao es la más poblada de las Antillas Holandesas. Hija de un sincretismo cultural más que interesante, sus pobladores (algo más de 100 mil) hablan holandés, inglés y papiamento, un dialecto que combina la herencia europea con las lenguas africanas de los antiguos esclavos.

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              Esa esencia multicultural desborda la cuestión idiomática y se expresa en la arquitectura, la música y las festividades típicas. De la primera, imposible perderse las coloridas casas que se asoman al puerto de Willmestad (la capital). Por la segunda y la tercera no deberá preocuparse: los criollos llevan su ritmo a todas partes. La “tumba”, curioso género nativo a mitad de camino entre el merengue y el jazz y el nombre de Jan Gerard Palm -su principal difusor- son las palabras claves para asomarse a esta música.

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Conocer los “landhuis”

               Willmestad bien podría llamarse “la capital de los colores pasteles”. Casi sin excepciones, estos se repiten en las fachadas de edificios públicos y privados. La leyenda indica que fue Albert Kikkert (gobernador de la isla a principios del siglo XIX) quién ordenó pintar todo en esos tonos argumentando que el “blanco resplandor” de las casas era el origen de sus dolores de cabeza.
             Cierto o no, el hecho es que, a medida que uno se aleja de Willmestad la paleta de colores sigue intacta.
            Y lo mismo puede decirse de los famosos “landhuizen”, las casonas de los antiguos esclavistas. Construidas entre los siglos XVII y XVIII, estas auténticas mansiones se levantaron a partir de improvisadas mezclas de corales y ladrillos. Los hacendados, eso sí, siguieron el detalle de las típicas tejas holandesas, que conducen el agua hacia colectores aparte construidos con ladrillos.
            Actualmente, unos cuantos “landhuizen” fueron reacondicionados para los viajeros, que pueden recorrerlos por completo. Entre ellos, merecen mencionarse el Brakkeput Mei Mei y Jan Kok, que hoy alberga una galería de arte de Nena Sánchez.

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Mucho por hacer

            Aunque con una superficie diminuta, Curazao no deja de sorprender por la cantidad de actividades de las que se puede disfrutar. En total, la isla cuenta con 38 playas y casi 60 sitios para practicar buceo. Un buen mapa de la isla y mucho entusiasmo es todo lo que necesita para planificar su día a día aquí.

Texto: Andrés Bacigalupo
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Vacaciones en la bahía perfecta

Publicado en Noviembre 18, 2009

Un entorno natural privilegiado y un resort con piscinas para todos los gustos convierten al pintoresco pueblo de Soufriere (en la isla caribeña de Santa Lucía) en un destino estupendo que conviene agendar.

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               Los paisajes, tanto los acuáticos como los terrestres, están todavía dominados por una naturaleza exuberante. Orquídeas gigantes, helechos tupidos que se confunden unos con otros, aves que sobrevuelan y una generosa variedad de especies de árboles. Esta es sólo una breve descripción de los bosques tropicales de Soufriere, el principal destino turístico de Santa Lucía después de Castries, la capital.

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         Soufriere, un pueblo armonioso y discreto de 7 mil habitantes, fue fundado por conquistadores franceses en 1736. Aquella huella gala, sin embargo, no perduró demasiado. Al igual que Barbados o Antigua y Barbuda, Santa Lucía cayó bajo la influencia de los británicos y esa vicisitud aún puede observarse en los edificios de estilo victoriano y en unas cuantas costumbres nativas.
            La otra gran influencia cultural de Santa Lucía viene dada por los antiguos esclavos llegados de África. En la música, géneros como el reggae y el zouk reconocen su antecedente indirecto en las comunidades afrodescendientes.

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Ideal para relajarse

              Soufriere, en el margen occidental de la isla, posee algunas de las playas más estupendas del país. Ideal para combinar descanso y contacto con la naturaleza, la pequeña ciudad ofrece los atractivos del Jardín Botánico Diamond, con sus caminos sinuosos entre volcanes y el Parque Nacional de la Paloma, muy próximo a una antigua base militar británica.
            Pero el paisaje predilecto que aman los viajeros es, indudablemente, la bahía. Casi todos los grandes hoteles se asoman a ella, dónde es posible practicar desde kayak hasta buceo. Los cruceros que recorren el Caribe también la visitan frecuentemente, sobre todo de enero a abril, la temporada ideal para conocer este diminuto país.
          Jade Mountain, uno de los resorts más sofisticados de Soufriere, es especialmente recomendable por su fantástica variedad de piscinas, diseñadas por el arquitecto Nick Troubetzkoy. 24 de las 29 habitaciones poseen su propia pileta, algunas con conexión directa a las aguas del Caribe. Troubetzkoy ha sido también el responsable de ambientar el hotel en un estilo al que ha definido como “orgánico“, por la voluntad de respetar la concordancia entre el paisaje y la edificación.

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           Perfectos para los viajeros que desean distenderse, Soufriere en particular y Santa Lucía en general, tienen el plus del encanto natural y la garantía de una infraestructura hotelera a la que no le falta nada.

Texto: Andrés Bacigalupo
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