El esplendor arquitectónico de Dresde
Publicado en Octubre 30, 2010
La historia ha dejado su huella imborrable en las calles y edificios de Dresde, la más oriental de las grandes ciudades alemanas y un símbolo de la reconstrucción del país.

Algunos especialistas suelen hablar de Dresde (en alemán, “Dresden”) como “la ciudad” del Barroco pese a que, tras los terribles bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, la urbe perdió algunos de los edificios más significativos de ese estilo.
Lo dicho, sin embargo, no le quita a esta ciudad el enorme mérito de poseer edificios y monumentos muy singulares, desde iglesias y antiguos palacios reales hasta fábricas hoy reconvertidas para otros propósitos.

Dresde, ubicada a 500 kilómetros de Hamburgo y a 190 de Berlín, ha visto acrecentar su turismo precisamente por la elegancia de sus calles pintorescas. Entre lo más destacado para visitar; la Iglesia Frauenkirche (que data de 1723 pero fue parcialmente destruida en 1945 y reconstruida en esta década) y la Dresdner Residenzschloss, palacio de inspiración barroca y románica.
Mucho más reciente -y también más curioso- resulta el “Yenidze”, una construcción muy similar a una mezquita que albergó por años a una fábrica de tabaco. En el Yenidze lo que parecen minaretes son en verdad chimeneas y, sin ninguna relación con el islamismo, el edificio es antes que nada una atracción turística. Por cierto, en el restaurante Kuppel, ubicado en lo alto de la construcción, se obtiene una excelente vista panorámica de la ciudad.

Por último, no se ha visitado Dresde si no se paseó por las llamadas Terrazas de Brühl, un vasto conjunto arquitectónico que se asoma al río Elba y que incluye desde la Escuela de Bellas Artes hasta la Delphinbrunnen (fuente “del Delfín”). Explorándola y caminándola, quedan pocas dudas sobre por qué un poeta llamó a esta ciudad “la Florencia alemana“.
Texto: Andrés Bacigalupo
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Richard Rogers, uno de los “padres” del Pompidou
Publicado en Agosto 21, 2010
Hace 33 años se inauguraba en Francia, el Centro Pompidou, edificio emblemático de una nueva corriente arquitectónica e impulso fundamental para la carrera futura de Richard Rogers.

En la segunda mitad de la década del ´60, los parisinos decían que el barrio de Les Halles, antaño motorizado por la vida económica y cultural de un mercado de abasto, estaba perdiendo todo su esplendor. Razones prácticas e inevitables, como el recrudecimiento del tráfico, habían convertido a un edificio de la época napoleónica poco menos que en un obstáculo.
Con este panorama, el presidente francés de entonces, Georges Pompidou (1969-1974) apostó a dinamizar la zona proponiendo, entre otras obras, la creación de un centro cultural moderno.
La idea del “Pompidou” ya estaba gestada. En 1970, la propuesta de los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers ganó el certamen organizado por el gobierno francés y, siete años más tarde, el magnífico museo ya era una realidad.

Una obra distintiva
El Pompidou fue, para las vidas profesionales de Piano y Rogers, una enorme puerta que se abrió y ya no se cerraría. El nombre de Rogers adquirió relevancia internacional y se involucró en proyectos eclécticos y novedosos en distintos países; desde los Edificios de la Terminal 4 en Barajas (Madrid) y el Tribunal de la Ciudad de Burdeos (Francia) hasta una reforma urbanística en Valladolid.

Para París, el Pompidou también tuvo felices consecuencias. Inaugurado en 1977 por el ex presidente Valéry Giscard d´Estaing, se transformó en un icono urbano y en uno de los museos más visitados, con cerca de seis millones de visitas por año.
Arquitectónicamente, marcó un antes y un después por su énfasis en la funcionalidad y por criterios de diseño espacial hasta entonces poco utilizados.




















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